España, un chicle estirado y pisoteado

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Ahora que llega el fresquito, apetece resguardar nuestro cuerpo y ánimo entre el sofá, la cama y el calor reconfortante de una manta de borrego. Y en el tiempo libre, dejarnos sucumbir por los dramas adolescentes colegiales de Netflix y alguna película de superhéroes, para no calentarnos mucho la cabeza. Ocio aparte, también nos sentimos cómodos, seguros y protegidos de cara a las (nuevas) elecciones (otra vez) con nuestra brillante y resolutiva esfera política, siempre al servicio del ciudadano. De nuevo, depositaremos nuestro voto y confianza el día de las elecciones para solucionar los problemas del presente y levantar los cimientos del prometedor futuro. Regresaremos a nuestra casa con una sensación de alivio y con la certeza de que, a partir de ahora, los políticos olvidarán sus diferencias y velarán por el bienestar y las necesidades del ciudadano. Pero no como antes. Ahora sí, un Gobierno contigo por todo lo que nos une y por España en marcha y España siempre. Por ejemplo.

Suena todo muy correcto, bonito y justo. Precisamente todo lo que no es. Por lo menos cumplimos como ciudadanos (y no todos) por la parte que nos toca, la de ir el día de elecciones a votar con nuestro deber y derecho. La siguiente parte no suele realizarse con tanta facilidad, cuando los políticos deben olvidar sus diferencias para afrontar los problemas comunes de todas las personas de este país. De ser así: no hubiéramos tenido cuatro elecciones en cuatro años, una descomunal crisis independentista en Cataluña, el aumento de paro, la soga en el cuello de los autónomos, el serio problema con las pensiones, una intolerable violencia machista, la insostenible vivienda y una inaceptable incompetencia política (entre otros problemas).

Resulta inevitable pensar que los políticos actuales, lejos de estar verdaderamente preocupados por estos problemas que quitan el sueño al español que los sufre, están más enfocados en resaltar sus propias virtudes y hazañas, así como las de su partido. Los líderes políticos insisten una y otra vez en que solo ellos y su partido podrán solucionar la maltrecha situación que vivimos. Una situación provocada por ellos mismos, aunque se desentienden de autocríticas y no asumen sus culpas. Lo que sí hacen constantemente es reprocharse los errores que han cometido unos partidos y otros en su ejercicio de poder, especialmente los nuevos partidos a los otros dos que han gobernado los últimos años. Solo hay que ponerse el último debate de los principales candidatos para ver el nivel que tienen. Más que una discusión de temas principales del país que necesitan primera atención, lo que vemos es una eterna y ridícula pelea de recreo escolar para ver quién pega la hostia más fuerte. Lejos queda lo que debería de ser: un debate en el que todos los candidatos asumen la gravedad de la situación y aporten cada uno, las medidas de su partido para afrontar los problemas que se exponen en la disputa. Pero el verdadero escenario en el que los políticos desenfundan sus mejores armas, presentan sus capaces ideas y se lanzan al cuello del opuesto para ganarse el apoyo popular, no es otro que Twitter. Ahí es donde ellos hacen política y no en el Congreso, que es un lugar muy aburrido y serio donde no hay retuits.

Lo que vimos en el último debate es lo mismo que llevamos viendo en los últimos tiempos, nada nuevo bajo el sol. En el caso de Pablo Casado, es cierto que se ha relajado un pelín y ha desechado una amplia variedad de insultos muy particulares (felón). Aunque su estrategia a seguir es mencionar continuamente el bloqueo de Sánchez y proclamarse él mismo, la única solución para sacar el país adelante. Y también se cuelga medallas de su partido que él no ha logrado. Siguiendo a continuación con el caso del presidente en funciones, lo que ha quedado claro es que Pedro Sánchez habla mucho, pero hace poco. Le ha faltado mano, decisión, autoridad y responsabilidad con respecto a las revueltas independentistas de Cataluña. Eso ha marcado un antes y un después en la confianza de la gente. En tercer lugar, nos encontramos con el caballero español Santiago Abascal. Por mencionar algo que ya sabemos, sigue soñando con las viejas glorias del Imperio español del siglo XVI y siente una nostalgia por la autoridad de nuestros maravillosos años cincuenta. Siguiendo con Podemos, Pablo Iglesias continúa con su discurso populista y contradictorio que a pocos ya convence, un “haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga”. Y, por último, el premio de lotería. Albert Rivera se llevó un adoquín para (aún no se sabe muy bien por qué) transmitir un sentimental mensaje sobre lo que está pasando en su tierra natal. Lo que pasa con este último es que, como ya es consciente de la caída que va a tener en las elecciones, ha decidido soltarse del paracaídas y tirarse a pelo.

El resultado de esta deficiente unión es una disputa para ver quién es el mejor y quién se cree la solución para los problemas del país. Todos se enzarzan en reproches sobre qué partido aplicó esta ley, qué otro partido la derogó, qué partido ha generado más paro y quién es más de izquierdas y quién de derechas. Todos se lanzan mierda a la cara, demostrando una vez más que ninguno se va a rebajar al nivel del otro, y que lo único que a ellos les importa son ellos mismos, sus intereses, la ambición y el poder. Y entre este ambiente tan infantil, absurdo, soberbio y dañino, la que sufre las consecuencias y paga el plato roto es España (como siempre). La avaricia y la irresponsabilidad política siempre recae sobre los ciudadanos: los mismos que se levantan todos los días a trabajar (los que tienen un empleo, claro), los mayores que reciben unas vergonzosas pensiones de jubilación, los autónomos que luchan con perseverancia para sacar su pequeño negocio adelante, la gente que malvive para poder pagar una hipoteca y todos aquellos que no disfrutan de un maldito sueldo vitalicio. Una España abusada y maltratada por una generación de políticos que la utilizan en sus propagandas electorales y en sus mítines. La palabra España que manchan, deforman, desgastan y desvirtúan entre todos. La misma que banderas y colores de unos y otros no le regalan el pan de cada día. Seguirán unos y otros subiendo a las redes sociales vídeos con perritos o con adoquines o alguna otra tontería para reírse. Para seguir riéndose de los españoles. A uno le gustaría consolarse con la certeza de que nosotros, como sociedad, no nos merecemos los políticos que tenemos. Pero lo cierto es que esos señores sí que nos los merecemos porque ellos son los que representan los valores de este país y nos representan a nosotros mismos.

Han convertido un país llamado España en una deformación grotesca. Un esperpento, dijo uno que sabía mucho. Y, como si se tratara de un chicle, entre todos lo estiran y lo pisotean. Una España estirada y pisoteada.

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