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Ni sabemos, ni queremos saber

Vivimos en la mejor época histórica hasta la fecha para el alcance de todo tipo de conocimiento. Actualmente, tenemos a nuestra disposición una cantidad inagotable de información sobre cualquier tema o ámbito que nos interese. Basta con teclear en internet la duda existencial que circula en nuestra mente y obtendremos un millón de resultados (en mayor o menor medida creíbles) para aliviar el picor de nuestra curiosidad. Esto se traslada a un fascinante abanico de posibilidades para conocer desde intereses políticos, sociales, históricos, educativos con fines laborales y culturales; a intereses sobre cine, series, videojuegos, entretenimiento, humor y cotilleos de prensa rosa que, supuestamente, nadie consume. Ojo, que todos son igual de válidos, geniales y enriquecedores. Sí, hasta el último.

Y claro, cualquiera diría que como consecuencia de este maravilloso panorama de sabiduría es para que todos los ciudadanos estén aprovechando la oportunidad y, por lo tanto, conozcan su cultura, su historia, sus derechos, sus leyes y su país. Ya, bueno. Ese es otro tema muy diferente. No es lo mismo poder conocer, que querer conocer. Ahora quien está desinformado es por la poca vocación de informarse, básicamente. A menudo, se les culpa a las redes sociales por medio desorientador y confuso con respecto a las noticias falsas que se difunden. Lo verdaderamente importante es que el ciudadano no sepa lo que está leyendo, de qué medio, de qué fuentes y que no se moleste en contrastar esa información. Y ahí poco más podemos hacer para remediar la desinformación: saber lo que se lee.

A lo que iba, esto de poder aprender y no querer se ve muy bien reflejado en el conocimiento de la historia, que es mínimamente básico en general. Y no hace falta ser profesor o historiador para querer aprender la historia de tu país y entender la influencia del pasado en nuestro presente.

Seguro que habéis escuchado todos más de una vez eso de “conocer el pasado para entender el presente”. Y es que no le falta razón, oye. El presente es una herencia de siglos acumulados en nuestra historia que se desarrolla en el ahora, una consecuencia que estamos viviendo. El pasado es un álbum de fotos en el que seguimos nuestro crecimiento hasta ahora, cuando lo miras te reconoces en distintas etapas de tu vida. En el caso de España, a lo largo de nuestra historia contamos con infinidad de tramas y factores que ahora se están dando en el presente y que muchos desconocen. Hay que recordar de vez en cuando que nosotros poco hemos inventado, lo hemos adquirido por herencia histórica (social, política, económica, jurídica). Claro, para las personas es evidente que cincuenta años atrás o adelante en su vida significa una barbaridad de tiempo. Pero históricamente hablando, cincuenta años atrás representa una línea minúscula en el tiempo. Ante esto, no es extraño que cuando alguien dice que un problema económico o político actual ya se dio a principios del siglo XX, otros no entiendan la relación entre 1919 y 2019. Y le tomen por loco al pobre chaval. Nos suele pasar con problemas que resurgen y que muchos creen que son nuevos o un suceso extraordinario.

Por citar algunos ejemplos “actuales”, podemos tirar de la Guerra Civil del 36 y de los nacionalismos vascos y catalanes. Otra cosa no, pero guerras civiles en nuestra apasionante y trágica historia de España tenemos para aburrir al personal. No hace falta decir que nos vamos a acordar de la última que hubo, que en la de hace setecientos años no estaba nuestro abuelo luchando. Pero hubo más y no de menos importancia ni de menos repercusión social. Los españoles llevan apaleándose entre unos y otros como si enemigos de fuera faltasen desde los tiempos de Leovigildo. Pasando por las guerras civiles entre árabes y bereberes; moros y cristianos; cristianos y cristianos (de estas nos sobran) con guerras de Castilla, Navarra, Cataluña y Aragón; la Guerra de los Comuneros; la sublevación de los moriscos con Felipe III; la sublevación de Cataluña con Felipe IV; la Guerra de Sucesión con Carlos II; las rebeliones cantonales; las tres Guerras Carlistas; liberales y conservadores de Fernando VII y otras más llegando hasta nuestra tan entrañable Guerra Civil del 36 entre el bando nacionalista y el bando republicano. He mencionado solo unos cuantos conflictos internos para terminar antes de nochevieja.

Al igual que los nacionalismos vascos y catalanes no son novedosos, pero muchos relacionan únicamente con la etapa franquista y las últimas décadas en España. Del nacionalismo catalán ya se hablaba a finales del siglo XIX, que cogió fuerza tras el Desastre del 98 con la repatriación de capitales. Es cierto que ya se consolidó como tal en el siglo XX, pero no hizo falta esperar a Franco. Antes de él, la Liga Regionalista y la dictadura de Primo de Rivera se vieron las caras. Y algo similar ocurre con el nacionalismo vasco, cuyo movimiento cogió más fuerza durante las Guerras Carlistas con los fueros. Luego ya vino Sabino Arana a finales del XIX y primera parte del XX y el nacionalismo consiguió expandirse hasta que también asomó la cabeza Primo de Rivera. Ambos nacionalismos no es que se hayan disuelto en el tiempo y luego volviesen a renacer de sus cenizas, como parece ahora con el caso del independentismo catalán. Se han mantenido callados y agradecidos cuando se ha hablado de beneficio y cuando han llegado malos tiempos en el país, la cosa cambia. Y exactamente sucede lo mismo con las crisis económicas (en todas las épocas históricas se han dado) y la corrupción política de la que algunos de los nuestros ilustres y honrados políticos actuales se jactan. Que se lo digan al duque de Lerma, acusado de desviar el dinero de las arcas públicas. En otros asuntos turbios también andaba metida María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (madre de Isabel II), enriqueciéndose con el dinero público y ganándose “el afecto” del pueblo. Resulta tierno imaginar los mismos trapicheos de nuestros actuales políticos con los de otros de épocas pasadas.

Incluso fenómenos devastadores como el abandono del campo por la vida en las ciudades se han producido desde los fenicios, griegos, cartagineses y romanos debido a los intereses, oportunidades laborales y sociales que ofrece la vida urbana. Y ya si, por querer, quisiéramos querer aprender, sabríamos perfectamente que los conceptos de la izquierda y derecha tan marcados y divididos en este país no nacieron en la Guerra Civil. Partiendo de que los conceptos se originan durante la Revolución Francesa, se habla de una división cada vez más notoria a partir de la Guerra de Independencia, con los afrancesados y conservadores. Tras la abolición de la Pepa por Fernando VII, poco a poco las dos Españas se forjaban, las dos que se matarían entre sí el resto de siglo y parte del siguiente entre Guerras Carlistas, Repúblicas y dictaduras.

Incluso algunas generaciones se educaron durante los años cincuenta y sesenta con la apropiación cultural de símbolos por parte del franquismo, los cuales hoy día siguen resonando. Tales como la vanagloriada lucha del mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid) contra la dominación y malvada invasión musulmana durante la llamada Reconquista cristiana. Y lo mismo hicieron con los Reyes Católicos y con la misma Reconquista, interpretada como una fuerte unión entre cristianos en contra del invasor moro. Fíjate que unión tuvieron los reinos cristianos (todo el día traicionándose y matándose entre ellos) que los musulmanes estuvieron gobernando desde el año 711 hasta el 1492 (casi nada).

Y que hoy día siga habiendo una ambigüedad social con respecto a la Guerra Civil y la posguerra, es el claro síntoma de que no queremos saber. Bien por no abrir viejas heridas, por intereses políticos o por ignorancia. Por eso hemos heredado una división de bandos que seguimos defendiendo a capa y espada sin aceptar que los dos bandos dieron los famosos paseos, asesinaron, fueron crueles y muchos estaban en un bando porque les tocó a la fuerza. Y que hubo un dictador con todas las letras que hundió a España en el atraso durante cuarenta años que pagaríamos después (y seguimos pagando).

En fin, todo este asunto de aprender nuestra historia es, por un lado, una decisión de voluntad propia, curiosidad y ganas de saber de nuestro pasado. Por otro lado, el más importante: es un deber de nuestros políticos, una obligación, que primero aprendan ellos la historia (muchos la utilizan y ni siquiera la conocen). Luego que refuercen ese aprendizaje y lo promuevan, que hagan de nuestras virtudes y nuestros errores un ejemplo para hacer camino en el presente. Un camino más limpio, más honesto y más esperanzador para el futuro. La solución más gratificante y eficaz es (y siempre la ha sido) la educación. Primero la educación en base familiar, nuestras raíces. Y más esencial para estos temas, la educación en las escuelas. El lugar donde se forjan las mentes, donde se levantan las ideas y en el que se encuentran los futuros protagonistas de nuestro país. Esta desgana, ignorancia e indiferencia histórica se combate con profesores activos, críticos, rigurosos y con ganas de enseñar sin prejuicios, sin miedos y con métodos alternativos ocasionales (series, películas) a los libros de texto. Profesores con pasión, energía y ganas de alimentar las dudas de todas las generaciones anteriores en las presentes, extrapolando ejemplos de la actualidad en el pasado (corrupción, crisis, guerras civiles, nacionalismos) y con la fortaleza de enseñar. Enseñar una historia de España tan emocionante y valiente como trágica y decadente, con nuestras virtudes y defectos. Así sabremos lo de hoy y lo que pasará mañana.

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