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Y se hizo la oscuridad

Por un momento, el tiempo se detuvo. El acalorado sudor de su frente, el rugido de sus latidos, el creciente temblor en sus piernas y el inquietante nerviosismo comenzaron a paralizar su cuerpo y aminorar su respiración.

Fue entonces cuando recordó algunos años anteriores en los que tan solo era un chico de nueve o diez años. Se formó en su mente la imagen de aquel niño tímido y solitario al que le aterraba la oscuridad, y que imaginaba criaturas tenebrosas escondidas bajo su cama cada noche mientras dormía. Por aquella época, aún no veía la cantidad incesante de películas de terror con las que disfrutaba ahora. Cuando sus padres cambiaban de canal en la televisión y emitían una película de terror, él se refugiaba en los mundos felices que habitaban su dormitorio. Las tardes eran luminosas y largas, jugaba con figuras de acción, circuitos de trenes y coches, veía dibujos animados y devoraba cuentos y libros infantiles. Era un niño creativo y con imaginación, no tardó en pasar de leer cuentos a escribir los suyos propios y enseñárselos a sus maestros en la escuela.

Escribía sobre mundos ficticios que superaban la felicidad del mundo real, con personajes peculiares como reyes, princesas, dragones y ogros.

Las noches eran agonizantes y más largas que todo el día. Apenas lograba dormir y cuando lo hacía, su sueño era fugaz e interrumpido por las innumerables presencias que imaginaba en su habitación. Cuando creció, aprendió a deshacerse de sus temores escribiéndolos en sus historias, dejando plasmado todo cuanto le aterraba. Aprendió a protegerse del terror escribiéndolo y, para su sorpresa, disfrutaba creando monstruos y fenómenos paranormales. Por entonces la cosa no era así, se trataba de un simple niño indefenso en la noche que creía que en cualquier momento alguna extraña criatura aparecería en medio del dormitorio y acabaría con su vida. Enfrente de su cama había un gran armario empotrado en el que se ocultaba cuando jugaba al escondite con su hermana mayor. Casi siempre olvidaba cerrar las puertas del armario al llegar la noche y cuando conseguía dormir un poco y se desvelaba por algún ruido, la primera imagen que inundaba sus ojos era la inmensa oscuridad que ofrecía la puerta entreabierta del armario. Era el momento en el que se ponía nervioso y creía estar seguro de ver unas largas manos asomar por el hueco de la puerta entreabierta. Una figura humana extremadamente alta, sin rostro y silenciosa saldría del armario y se abalanzaría sobre su cama.

Otras veces simplemente creía que la puerta del dormitorio se abriría poco a poco y que entraría un fantasma invisible a por él. Eso explicaba porque cada vez que se dormía y se relajaba, escuchaba pasos desde el otro lado de la habitación que se aproximaban hasta la cama. En sus pocos e intensos sueños no descansaba tampoco del interminable terror que le acechaba. Soñaba que dormía y que al escuchar los pasos o algún que otro ruido en la habitación, abría los ojos y se encontraba justo enfrente de él, la cara maligna, pálida y sonriente de una mujer flotando en el aire. De repente, el cuerpo inerte caía y él se despertaba del sueño entre gritos, sollozos y sudores.

Dentro de sus pesadillas, casi siempre estaba durmiendo. En una de ellas, lo despertaba el susurro constante de su nombre proveniente de debajo de la cama. Confiado se asomaba y encontraba el cuerpo ensangrentado de un hombre con la cara desfigurada que le agarraba la cabeza y lo arrastraba hasta él. Lo peor era cuando le entraban ganas de ir al baño y sabía que tenía que cruzar todo el pasillo para llegar hasta allí.

Como no podía encender la luz del pasillo por si despertaba a sus padres y a su hermana, se armaba de una gran linterna y una espada de juguete. Cruzaba a toda prisa el corredor escuchando susurros y agitados pasos que le perseguían a sus espaldas, lograba llegar hasta la puerta y allí se encerraba durante largo rato.

Cogió por costumbre la manía de encender la luz del dormitorio toda la noche para dormir y sentirse protegido de todos los males que le esperaban en la oscuridad. Sus padres se levantaban todas las noches para apagar la luz, y cada vez que él se despertaba entre sombras, volvía a pulsar el interruptor. Sus padres le renegaban constantemente y argumentaban que nunca dejaría de tener miedo a dormir a oscuras si no lo intentaba.

Él sabía que no era tan fácil, que de verdad lo pasaba mal por la noche y lo único que le calmaba era encender el interruptor de la luz. Su hermana, nueve años mayor que él, era la persona que más le comprendía. Ella, como casi todos los niños a esa edad, también le tenía miedo a dormir a oscuras. Le propuso al hermano pequeño dormir con ella todas las noches con la condición de no decir ni una palabra a sus padres. Él, aceptó animado.

Se pasaba todas las noches a la habitación de su hermana y dormía abrazado a ella, lejos del peligro y de los ruidos. Se sentía seguro junto a ella y estando en su habitación, la oscuridad era tranquilizadora para dormir. Durante un par de años, durmió todas las noches con su hermana mayor. Ella sabía que en algún momento debía superar su miedo, era consciente de que su hermano crecería y que le daría vergüenza si su grupo de amigos descubría que dormía todavía con su hermana. Le propuso intentar dormir solo y para tranquilizarlo, le enseñó un sencillo truco para que él sintiese que ella estaba justo al lado de él. Y prácticamente así era, ya que los hermanos dormían pared con pared en habitaciones contiguas. Cada noche al meterse en la cama, primero ella tocaría la pared con los nudillos tres veces, tres leves golpes que él también tenía que devolver a ella. Algo bastante simple, pero que funcionaba. Muchas noches se devolvían los golpecitos constantemente, escuchaban sus risas en la otra habitación y él, de verdad sentía el calor de su hermana en la cama.

Lo siguieron haciendo los años posteriores por mera costumbre. Cuando llegaban a la cama antes de dormir, daban tres golpecitos con los nudillos primero uno y luego le respondía el otro. Incluso siguieron haciéndolo cuando él creció y dejó de tener miedo a la oscuridad y a los fantasmas. Se convirtió en un pequeño juego entre hermanos.

El tiempo volvió a reanudarse y con él, el asfixiante sudor, el galopeo de sus latidos, el traqueteo de sus piernas y el nerviosismo corriendo por sus venas.

Por eso, por un momento le vino a su mente el recuerdo de cuando era un niño, ocho años atrás. Recordó los traumas de su infancia, el exagerado terror que le tenía a la noche, los fantasmas que había en su dormitorio y en su armario. Pensó que, mientras recordaba su niñez estaba soñando, que ese recuerdo formaba parte de un sueño.

Así debía serlo.

Si no, no tenía lógica que desde la habitación de al lado sonasen tres breves golpes en la pared. Hacía dos años y medio que su hermana mayor se había ido a vivir a un apartamento con su pareja. Ahora su habitación se utilizaba para guardar los trastos de la casa, cajas viejas, álbumes de fotos, muebles y las bicicletas.

Golpeó el interruptor con fuerza para dar con la luz en el dormitorio y se levantó de la cama de un brinco. Envuelto en sudores y jadeando, se frotó los ojos queriendo despertar de una pesadilla, como cuando era niño. El reloj de su mano izquierda marcaba las tres y media de la madrugada y en la habitación reinaba el silencio. No pudo evitar mirar a la puerta del dormitorio y a las del armario para comprobar que todo era correcto y que seguían cerradas. Incluso se arrodilló y miró bajo la cama. Hacía mucho tiempo que no tenía ese miedo y si no controlaba sus pensamientos sentiría el mismo pánico que tantos años atrás. Se volvió a tumbar en la cama y sin apagar la luz, aproximó su mano derecha a la pared y golpeó tres toquecitos suaves con los nudillos. Tragó saliva y esperó durante los siguientes segundos respuesta alguna. Escuchó los fuertes latidos en su cabeza e intentó soltar aire, si no se calmaba le daría un ataque.

De la misma forma, se escucharon tres golpecitos al otro lado de la pared.

Con la misma inquietud y asustado, se levantó de la cama decidido a comprobar la habitación de al lado. No caería en los mismos temores que en su infancia, haría caso de las palabras de su hermana. Abrió un poco la puerta de su propio dormitorio, lo justo para sacar la mano por fuera y pulsar el interruptor de la luz del pasillo. Guiado por la luz, se aproximó lentamente hasta la puerta del antiguo dormitorio de su hermana.

Observó durante unos instantes la puerta cerrada convenciéndose a sí mismo de que dentro no había nada, que alguna caja se habría caído. Levantó una mano temblorosa hasta el desgastado pomo de la puerta y lo hizo girar sobre sí con suavidad. Empujó la puerta mientras esta chirriaba de forma escandalosa.

La luz del pasillo asomaba un haz que alumbraba las cajas de ropa de la habitación. En el suelo, efectivamente, había una caja volcada de la que sobresalía un abrigo. Una bicicleta de niño se apoyaba sobre una vieja nevera, y junto a esta, un tenderete reposaba detrás de varias sillas antiguas. Giró un poco la cabeza para explorar la habitación y no pudo contener un pequeño grito. Justo al fondo, delante de las cortinas, pudo vislumbrar la figura desnuda de una mujer de espaldas. Su cuerpo estaba ensangrentado, lleno de cortes y cicatrices que se ocultaban tras su largo pelo. En ese momento, no sabía que hacer, su mente estaba bloqueada y sentía un espanto ascender por sus piernas. Adelantó un poco la cabeza sin dar un paso y forzó la vista para ver la imagen con más claridad. La luz de afuera se apagó de un chispazo, y la oscuridad y el silencio inundaron todo el pasillo de la casa.

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